En mi infancia, mi madre no permitía que tuviera mascotas.
Pero como mi padre comprendió bien las características de los Gardeazábal con que se emparentó, sabía que la tendencia a ser animalero no se pierde, se hereda.
Y como en casa mandaba mamá y él no la iba a contrariar, me regaló dos parejas de gansos para que los tuviera en El Porce, hace por lo menos 75 años.
Hoy no sé cuántas docenas de gansos y patos tengo ni cuales sean descendientes de aquellas parejas primigenias, pero todas las mañanas, cuando voy al corral a abrirles la puerta y verlos pasar uno a uno armando alharaca, siento tanto gusto como el día que papá me regaló los primeros.
Por estos días he tenido que ayudarles. El trauma que les ha causado el terremoto, la demolición primero y después la reconstrucción , los ha hecho perder el rumbo.
Hay que arriar los gansos para que atraviesen los patios de la finca y puedan llegar al potrero donde pastan.
Pero es lógico, están viendo y oyendo una docena de obreros que arrastran carretas, mueven mezcladoras, hacen estruendo con sus soldaduras y aunque todos los gansos tienen casi 320 grados de visión ,poseen memoria y capacidad para reconocer el peligro que les acecha.
Por supuesto, como son tan agresivos y hablo de dos centenares de palmípedos por lo menos, tienen como asustar sin morder tratando de defenderse de todo lo extraño, en especial de los seres humanos.
No me quedó más que ajustar horarios y largarlos antes de que la turbamulta reconstructora llegue a sus labores, las que por costosas y angustiantes que me están resultando , no parecen tener fin y se han prolongado hasta causarme tanto trauma y malestares como a los bullosos gansos.
No sé cómo decirles a ellos que le aprendamos a los 19 gatos que rápidamente encontraron refugio debajo de los plásticos que recubren el amontonamiento de los chécheres porque los felinos entran a las habitaciones sobrevivientes y los gansos no suben a las camas.
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