Desde Chipichape se divisa la explotación minera de cinco hectáreas de la cantera de roca muerta realizada por la firma Adecuaciones y Agregados AYA.
Durante los últimos 8 años el debate entre la comunidad y la empresa ha radicado en si la explotación minera cumple con la reglamentación, si está realizada técnicamente, si es responsable de las inundaciones de Chipichape, si el polvillo es perjudicial para la salud o si las explosiones pueden generar problemas para las estructuras de las casas.
No se ha dado el debate si a la ciudad le conviene la explotación minera en sus cerros. Esta discusión toma vigencia porque la empresa obtuvo un título minero que le permitiría explotar 55 hectáreas de los cerros de Chipichape, convirtiendo en una cantera todos los terrenos hasta los altos del barrio El Bosque y porque ha solicitado una nueva licencia ambiental para 5 hectáreas más, aledañas a las existentes.
Igualmente, porque el Plan de Ordenamiento Territorial, POT, aprobado por el Concejo Municipal en noviembre, deja abierta la posibilidad de realizar actividad minera en las zonas suburbanas de Cali. Lo cierto es que- más allá de los estudios, la jurisprudencia, las resoluciones o el POT- la incomodidad que una actividad minera le genera a una comunidad es real, como también lo es el daño ambiental que ocasiona.
Cali tiene pocos terrenos donde realizar nuevos desarrollos urbanos, ambientalmente sostenibles y coherentemente planeados, como los cerros de Chipichape, y es necesario que hagamos en ellos lo mejor para la ciudad.
Bien vale la pena que los caleños nos preguntemos cual es el paisaje que deseamos en nuestros cerros tutelares. Ya estamos plagados de invasiones, ¿ahora queremos minas? Para eso no se necesitan estudios, se necesita sentido común.
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