Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Memoria histórica citadina

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Reducimos  el concepto  memoria histórica estimándolo  inherente  a los procesos de paz  y porque sólo recuerde  genocidios.  Ocurre porque hasta los escritores  le desestiman el valor literario,  desaprovechándole  para un acercamiento a la lectura.

Hay que motivar a los jóvenes   con textos  seductores.   Al  reseñar  los  libros  obligatorios de lectura,   ellos  prefieren  “Qué viva la música”  de  Andrés Caicedo, porque describe  esa sociedad oculta de las mocedades  de sus padres. Pero  faltan  continuadores de esa literatura citadina caleña  iniciada en los años setenta por Andrés Caicedo y Umberto Valverde.

En la prensa  también queda  el  vacío dejado  por Alfonso Bonilla Aragón y otros cronistas que narraban cómo se  iba  transformando en Sultana  del Valle esa aldea  cuyos vecinos  tertuliaban  en la plaza  de Cayzedo y hacían paseos de olla al Charco del Burro. Me aculpa  todavía incumplir con mi deber intelectual de compilar la memoria histórica de la paradisiaca vereda de 500 casas con  dos calles y su  rio Aguacatal de aguas diáfanas donde pescábamos sardinas y barbudos, que en la década del 50  me dio albergue  siendo inmigrante  de un municipio sesgado por la violencia partidista.

Vereda  hoy transformada en el popular y gigantesco barrio  Terrón Colorado,   abrazada por la brisa  de varias colinas, que encomendaba su fe a las vecinas Tres Cruces  y se sentía protegida por el Cristo Rey con sus brazos abiertos.

La ruta a la escuela Ulpiano Lloreda nos  propiciaba  las aventuras infantiles  de  escondernos  entre la vorágine,  recoger frutas maduras, cazar conejos  y   caucheriar  torcazas.  Ruego  Dios me  permita llegue el día de  acabar  con mi  culpa.

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