Me gustan las ovejas negras. Las que hacen preguntas cuando todos parecen tener las respuestas.
Las que crean cosas nuevas, se atreven a nadar contra la corriente y a caminar sobre espinas sin abandonar sus convicciones.
Admiro su resistencia, porque sé cuánto duelen las pullas, el rechazo y las miradas que juzgan. Y aun así, siguen abriendo caminos para otras personas.
Pienso en Marie Curie, cuyo aporte estuvo a punto de quedar fuera de la primera candidatura al Nobel que terminó compartiendo.
En Wangari Maathai, quien convirtió la siembra de árboles en una apuesta por los derechos de las mujeres, la democracia y el bienestar comunitario.
Mujeres que ampliaron las posibilidades de otras.
Pienso también en Martin Luther King Jr., quien enfrentó el racismo desde la resistencia no violenta. En Nelson Mandela, quien luchó contra el apartheid y apostó por la reconciliación.
En Vincent van Gogh, que persistió en su pintura pese al escaso éxito comercial. Sus historias me recuerdan cuánto puede costar defender una manera distinta de entender el mundo.
Quienes hemos vivido el rechazo por lo que somos y por cómo vivimos conocemos ese peso.
Como mujer negra y lesbiana, he sentido la presión de demostrar más, explicar más y medir cada palabra para obtener reconocimiento.
También encuentro ovejas negras en la muchacha que rompe una tradición para estudiar, el joven que decide amar sin esconderse y la lideresa que cuestiona una injusticia incluso entre los suyos.
Nadie debería sufrir para merecer respeto. Tener convicciones también exige escuchar, reconocer errores y cuidar a los demás.
Me gustan quienes convierten su diferencia en creación, cuidado y libertad.
Quienes, aun heridos, encuentran fuerzas para construir con otros.
La reconciliación exige hacerles lugar. El bienestar colectivo crece cuando nadie debe renunciar a su identidad para pertenecer.
Una democracia necesita escuchar a sus ovejas negras: muchas veces son ellas quienes se atreven a abrir el camino que después todos podemos recorrer.
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