Fue en los noventa cuando se encendió el debate económico sobre qué tan bueno sería para nuestro país una liberación del comercio internacional y dejar de lado el proteccionismo. Recuerdo como los argumentos que sustentaban cada postura iban y venían a través de los inmutables pasillos de la facultad de economía de los Andes. Mi mente cuadriculada de entonces me hizo optar por la libertad de circulación de mercancías, una decisión que abracé después de haber leído la inteligente “demostración económica” que aparece en el libro Principios del economista inglés David Ricardo.
Ricardo, haciendo uso del ingenioso método de las curvas de indiferencia –un artilugio geométrico con el que los micro economistas miden la felicidad del ser humano al consumir bienes-, me demostró que cuando dos países se abren al libre comercio internacional y cada uno de ellos se especializa en producir aquello en que es bueno –productos que requieren ventajas comparativas como más extensión de tierra, condiciones climáticas, etc.- el libre comercio permite que todos ganen debido al aumento de la producción global. Después de tal matemática demostración no podía existir un contra argumento válido, por lo tanto: quod erat demonstrandum.
Sin embargo años después me sorprendí al encontrar que el mismo mecanismo de curvas de indiferencia demostraba que la única forma de alcanzar el Pareto Ideal, la situación de máximo bienestar para la sociedad, sería solo posible si la curva de indiferencia pertenecía a un único individuo: palabras más palabras menos, si era la de un dictador. Deduje entonces que el Diablo suele utilizar la Biblia para sus propósitos y que en materias mundanas no hay nada escrito.
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