Por el temor a la amenaza del bloqueo en las carreteras intermunicipales, el pasado fin de semana muchos no pudimos gozarnos hasta el último minuto la clausura del Festival Bandola de Sevilla. Pero fueron más que suficientes los dos días del disfrute, que del festival ahora trascendió a una feria, mejor dicho a un verdadero carnaval vernáculo: calles con festones, desfile artístico, artesanías, comidas típicas y abrazatón. Fuimos a Sevilla en la búsqueda de una fuente de música andina y colombiana, pero además de los sonidos de las flautas, los tambores y las cuerdas, regresamos a los lugares de origen con la nostalgia de haber dejado un remanso que ofrece una especie de sanación interior que transforma nuestros espíritus: paisaje pintoresco, olor a café recién tostado y la amabilidad de los sevillanos.
El Festival Bandola, aunque con menos años de experiencia, tiene que servirle de ejemplo a los señores de Funmúsica, organizadores del Festival Mono Núñez de música andina y colombiana de Ginebra, para que replanteen sus objetivos y la organización. Qué distintas las concurrencias este año a cada uno de los dos. El parque principal siempre será como el corazón en cada municipio: si en las celebraciones se llena, indica sentimiento popular y vitalidad cultural. La plaza de La Concordia de Sevilla y sus calles adyacentes, durante el Festival Bandola se colman totalmente. Los artistas aceptan la invitación a un festival de la hermandad participativa, que son recibidos como en familia y donde aspiran ganar solo aplausos del público. Apologías para los maestros músicos: María Elena Vélez, Julián Gil, Rodrigo Muñoz y Óscar Gallego, en sus treinta años de grupo artístico y sus dos décadas como gestores del festival.
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