Es cierto que, además de figurar en la literatura por la historia romántica de Efraín y María, el Valle del Cauca también se posicionó culturalmente gracias a sus importantes festivales de música: el Mono Núñez de Ginebra, Bandola de Sevilla, Petronio Álvarez de Cali, Música Colombiana de Yumbo y el Festival Andino del Queremal, Dagua.
Ustedes me tildarán de “aguafiestas”, pero hoy los molestaré con comparaciones porque todavía no cosechamos el sentimiento generacional por la música colombiana, como sí ocurre en regiones vecinas.
En Ibagué, por ejemplo, sí entienden que no únicamente en los días del Festival Garzón y Collazos, se puedan escuchar los ritmos y letras del pentagrama colombiano. Son conscientes que para la vigencia generacional de la música colombiana, pasados los días de jolgorio el pueblo no puede sumirse en el aburrimiento de añorar los tiples y las guitarras, ni aturdirse con música foránea.
En el Tolima grande se mantiene viva la costumbre de seguir cantando en familia y en la escuela. Nosotros también debemos entender que sólo decretar fechas en reconocimiento a los artistas nacionales, tampoco garantiza la conservación de nuestras tradiciones. Eso se logrará cuando los mayores cultivemos nuestra música en las nuevas generaciones.
La Ley 881 de abril 13 de 2004, por ejemplo, determinó que octubre sería el mes del artista nacional y que se promoverá la música colombiana. Pero en más de una década de vigencia legal, sigue incierto el destino de los artistas nacionales y en los medios ya no hay espacio para difundir la música colombiana tradicional.
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