Me dan lástima las interpretaciones seudocientíficas elaboradas por trabajadores sociales, psiquiatras y psicólogos sobre las vías para solucionar de raíz el mundo tenebroso de los adictos del Bronx y calles circunvecinas de Bogotá.
Desde hace muchos años ha hecho camino una lectura clínica de la adicción soportada en la trivialización de la consigna de la OMS, que califica la adicción como una enfermedad.
Lo grave es que no dice con claridad que esta es una enfermedad crónica, progresiva y mortal, que conduce a distintos sitios, pero el más probable de todos es convertir al adicto en un caminante que, como en la serie The Walking Dead, transita en un mundo geográfico que solamente tiene una cartografía delirante en sus neuronas ya neutralizadas por el efecto del consumo de muchos y muchos años.
Pretender que estos seres humanos ajenos al mundo real van a aceptar de buenas a primeras ingresar a una comunidad terapéutica es desconocer que para ellos esta opción no existe, pues viven por y para el consumo. Nadie sale de este infierno, por la sencilla razón de que su salud mental obedece a patrones donde la relación con la limpieza, el orden, son códigos del pasado.
Nadie se puede llamar equívocos, este fenómeno zombi, tal como lo están tratando en Bogotá se convertirá en una tragedia humanitaria, pues la pretensión de curarlos se enfrenta con estadísticas donde solo 2 de cada 10 adictos logran proyectar una vida sin consumo.
El adicto no desea sino consumir, su vida es ingobernable. Por lo tanto, si en Cali se desea hacer los mismo que en Bogotá, por favor no vayan a tratar a los caminantes como enfermos transitorios.
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