Son muchas las historias trágicas y dantescas que desde hace más de tres décadas se registran en Cali donde los mal llamados jóvenes infractores aparecen como victimarios.
Exactamente durante estos 30 años se los ha tratado desde todas las ópticas y con todos los brebajes para tratar de convertirlos en ciudadanos pacíficos.
La sociedad caleña ha invertido miles de millones de pesos en programas, con nombres pomposos y con estrategias utilizadas con éxito en la década del 80 y el 70 en los barrios violentos de Chicago, Los Ángeles y New York.
El fenómeno de la pandilla ha sido diagnosticado y los programas para articularlas a la legalidad han sido un estruendoso fracaso. Estudios sobre los resultados de programas de “desaprendizaje” de la violencia indican que de un grupo de 10 jóvenes a los que se les creó un escenario de oportunidades tan solo 2 aceptaron ejercer los oficios aprendidos, los otros se integraron a organizaciones criminales.
El debate sobre qué hacer para que no se presenten las constantes fugas y amotinamientos en los centros de reclusión, especialmente en Cali, atraviesa por reconocer que el esquema garantista del llamado Código de adolescencia es un saludo a la bandera, dado que el adolescente no es un actor ocasional de la violencia urbana, sino un operador de muchas de las bandas criminales.
Es mentira la disculpa de que se trata de muchachos que son reclutados y utilizados por las mafias, la mayoría controlan territorios y desde muy niños saben que su responsabilidad e imputabilidad es mínima dada la naturaleza de la legislación que los considera sujetos de resocialización y no delincuentes como sí acontece en Europa y en los Estados Unidos.
La victimización de estos agentes del crimen es utilizada por algunos sectores de opinión para justificar las tantas fundaciones que viven eternamente rehabilitando jóvenes y manejando inmensos recursos.
Hoy, cuando las bandas criminales controlan a través de las pandillas, ciudades y barrios enteros, es conveniente reiterar que la tarea del momento es recomponer el papel de víctimas de estos delincuentes y pasarlos a calidad de victimarios.
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