Los colombianos están cayendo en el facilismo simplificando entre los amigos o enemigos de la paz las posiciones sobre lo negociado en La Habana. Lo serio es estudiar, sin tintes políticos, los alcances de los acuerdos, analizando sus huecos y los riesgos que representan. Si las Farc salen del escenario armado el país mejorará sin que signifique el fin de la violencia, pues ella es generada por otros actores que no serán neutralizados con el acuerdo. Es fundamental que el país analice qué va a pasar con el narcotráfico.
Aceptemos que las Farc no eran narcotraficantes y que usaban el “impuesto al gramaje” para financiar su lucha. Sin embargo, es ingenuo pensar que sin ellos el narcotráfico y la violencia que genera disminuirán. Colombia ha desarticulado importantes carteles y ha visto nacer los sucesores luchando a sangre y fuego por sus territorios. Con eso en mente, no es un tema de poca monta el impacto que a futuro tiene aplicar con las Farc una justicia transicional laxa en lo que quieren llamar delitos conexos.
Las Farc no son el primer grupo ilegal o cartel de la droga con el que se negocia, ni será el último. Lo peligroso de cualquier negociación es que pone el techo de futuras transacciones.
El país no puede entrar en un espiral que signifique que por cuenta de un objetivo anhelado está dispuesto a entregar todo sin costo. Tampoco es un buen negocio que los ciudadanos aceptemos que el Gobierno aliente reacciones violentas o burlescas por quienes están en la oposición. Por cuenta de la paz, no podemos aceptar que el Gobierno caiga en prácticas como las que tanto condenamos de Maduro en Venezuela.
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