Los delincuentes de la foto

Víctor Manuel García

Hace tan solo unos días, circuló por redes sociales y por diversos medios de comunicación una imagen que causó revuelo, indignación y en muchos casos desazón y rabia por lo que significa en sí misma.

No es para menos, significa una afrenta al Estado y por ende a todos los colombianos. Es la viva imagen que efectivamente hay personas que prefieren la clandestinidad y la delincuencia sobre la vida legal, civil y en su caso, con una representación política como parte de las garantías de su proceso de reinserción a la sociedad.

Pero no nos dejemos confundir. Esta foto, si bien representa un desafío al Estado de parte de cuatro individuos, que en otro momento se acogieron y posteriormente desertaron de un proceso de dejación de armas, es una imagen que en sí misma demuestra su decadencia, una fotografía que lejos de hacerlos ver en situación de fortaleza, lo que hace es desnudar sus claras debilidades.

Desnuda sus debilidades, porque si se observa bien, más allá de fanatismos que buscan irracionalmente la polarización del país, es evidente que es una foto “posuda”, con unas armas que parecen nuevas o en su defecto prestadas, una foto que seguramente la tomaron por fuera del territorio nacional (posiblemente Venezuela), en algún lugar por fuera del alcance de nuestras fuerzas militares, una foto que deja expuesta su debilidad, soledad y añoranza de tiempos pasados de poder, un poder que sencillamente en este momento ya no tienen.

No tienen, porque se quiera admitir o no, el país cambió, y como fue frecuente en la guerrilla histórica de las FARC, ya extinta por cierto, sus comandantes jamás fueron capaces de alinearse con la realidad contextual general. Lo que alias “Iván Márquez”, “Santrich”, “el paisa” y “Romaña” encabezan y llaman como una “segunda Marquetalia”, es un sofisma, una ilusión, simplemente una declaración que no tiene eco en ninguna parte y por ende sin credibilidad en sí misma, una remembranza fracasada desde el principio.

Fracasada porque las nuevas FARC, no son lo que eran hasta hace un lustro. Un grupo armado con ambientación y accionar de “ejército”, con poco más de 14.000 individuos alzados en armas, con un discurso medianamente político, con presencia en diversas zonas del país y con algo que es crucial para una organización de esta naturaleza: contaba con un mando unificado y jerárquico.

Lo que sí tiene esta foto y hay que reconocerlo, es una gran torpeza política, muy al estilo de la extinta guerrilla de las FARC-EP, la cual definitivamente se encuentra extinta, ya que, de acuerdo a cifras oficiales de la Agencia de Reincorporación y Normalización – ARN, el 94% de los excombatientes de este grupo, acreditados por la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, siguen en la legalidad.

Es una gran torpeza por diversas razones, entre ellas, porque da argumentos a los detractores del proceso negociado, para que aticen y vuelquen aún más la opinión del país en contra de sus propios intereses. Es un gran error porque realizan exigencias políticas desde la clandestinidad a un presidente elegido democráticamente, una falta de vergüenza y olfato político.

Es un paso en falso, porque es una foto que lleva al centro del debate y del análisis la verdadera capacidad de acción unificada de un grupo armado centrado en un discurso político, y realmente, las conclusiones son altamente negativas para ellos, ya que deja en evidencia que no hay un verdadero propósito político, no hay un verdadero ejército irregular que respalde sus acciones, a duras penas se vislumbran pequeñas células armadas realizando acciones puntuales, que generan ruido y daño a poblaciones específicas, pero que realmente están lejos de tener la capacidad de poner en entredicho la supremacía militar del Estado.

En pocas palabras, es un ejercicio pseudopolítico fallido, porque para que un proyecto político tenga medianamente posibilidades de éxito, debe gozar de algún grado de legitimidad, y este carece desde todo punto de vista de esta situación.

No hay legitimidad porque reafirma su predilección por la ilegalidad, llevándonos a la idea que efectivamente había una alta probabilidad que estuvieran delinquiendo durante su proceso de desmovilización, como lo ha sostenido el gobierno; no hay legitimidad porque el Estado colombiano les brindó herramientas para iniciar un proceso político desde la legalidad y ellos la desaprovecharon; no hay legitimidad porque es un duro golpe a su imagen pública no solo con la población colombiana, sino con la comunidad internacional, minando una de las fortalezas de la extinta guerrilla: las relaciones con actores internacionales, especialmente de Europa, que les daban de cierta manera representación política en el viejo continente.

Esta es una foto que reafirma que el Estado colombiano, en cabeza del Gobierno nacional, debe comprometerse política y económicamente para que el proceso de paz salga avante a pesar de los desafíos, donde el ejecutivo debe pasar de la retórica en escenarios internacionales a la acción verdadera en el ámbito local. Esta es una imagen que obliga al Estado colombiano a actuar con contundencia, con toda su fuerza legal, militar y policial y enfrentar con toda decisión a estos disidentes que sin lugar a dudas son unos delincuentes reencauchados.

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