Ayer decidió el presidente de Metrocali invitar a manteles a los hoy llamados “formadores de opinión” para contarnos sus planes para intervenir la crisis del MIO. La dosis vuelve a ser la misma: más plata, más inversión y obviamente proyectos para que el Concejo municipal les dé la bendición y de esa manera seguir insistiendo en una empresa que no va a tener éxito por la sencilla razón de que el sistema como tal no ha sido ni es compatible con los requerimientos de los caleños para llegar a tiempo al trabajo, cumplir con sus deberes de negocios, no llegar tarde a clase y, lo más importante, sentirse seguros desde el momento mismo en que abordan uno de los buses.
Yo no asistí al almuerzo, pero sí venía haciéndole seguimiento a los llamados 100 días de Nicolás, pues casi todos los sucesivos presidentes de Metrocali han abierto plaza con la misma consigna: “salvar a Metrocali”. Esta hipótesis se ha ido desgastando hasta convertirse en una trampa que ha dejado inermes a sus antecesores, al punto que el doctor Garrido, por ejemplo, se encuentra hoy en un calvario tratando de demostrar que durante su fugaz administración no se cometieron irregularidades.
Enterado como estaba de las propuestas y de los proyectos, me asalta la inquietud de qué tipo de legitimidad pueden tener las iniciativas del doctor Orejuela, cuando por un lado las calles de Cali se encuentran invadidas de motos y por otro el Alcalde ha decidido inventarle carriles para las bicicletas a las estrechas callejuelas que aún nos quedan. Estas ciclorutas son viables en las ciudades del primer mundo, pero en Cali, donde el MIO ha potenciado el desorden y la ilegalidad, es infame restarle espacio a los carros que forman parte del patrimonio de miles de familias caleñas.
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