Jaime Alberto Leal Afanador

Lo que heredamos de y para otras generaciones

Jaime Alberto Leal Afanador - Rector UNAD

Hoy vivimos de forma totalmente distinta a como lo hacíamos de pequeños, así como nuestros padres también aprendieron usos y costumbres muy diferentes de sus mayores.

Y quienes somos padres, o abuelos, vemos a diario la llegada de nuevas formas de trabajar, de relacionarnos, de disfrutar y de dimensionar la vida.

Querámoslo o no, la modernidad nos llevó a cambiar. Pasamos de la radio, la televisión, la calculadora, la máquina de escribir, la cámara fotográfica de rollo, el envío de cartas y hasta el manejo del dinero, a usar tecnologías, casi todas centralizadas en un dispositivo móvil celular, como formas más simples y prácticas de “movernos” en el mundo.

Nuestros padres y abuelos nos enseñaron a relacionarnos con el trabajo, las amistades y la comunicación.

Y hoy les superamos gracias a la tecnología y el desarrollo social. Asimismo, nuestros hijos han aprendido de nosotros y hoy ya nos superan en muchos de esos ámbitos, porque tienen una mayor disposición a adaptarse mejor un entorno con una mayor velocidad de la que nosotros nos acostumbramos a pensar y a actuar.

Quienes nacimos a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX somos testigos históricos del paso de un mundo análogo a uno digital (mucho de lo que se hacía manualmente hoy se hace con un simple desplazamiento o un clic con un dedo).

Somos “Exennials”, o personas que nacimos y nos criamos en un entorno análogo y hoy llevamos una adultez digital.

Experimentamos el paso de la litografía a la impresión desde el computador, de los telegramas a la mensajería instantánea de las redes y apps, de lidiar con las dificultades de una llamada a larga distancia a comunicarnos inmediatamente en video con cualquier persona en todo rincón del mundo, de los cartuchos y casetes a los cds y ahora a las listas de reproducción musical en la nube, y del tiquete aéreo en forma de talonario al registro y control web de nuestros viajes, entre otros muchos cambios.

Es un mundo que evoluciona y que difícilmente retrocederá. Y así debe ser nuestra disposición al cambio, adaptándonos a todo lo que la humanidad nos traiga.

Esa sensación de que el cambio nos arrolla y tal vez no podamos responder exitosamente a él la vivieron nuestros padres, y a veces la podemos sentir nosotros al ver cómo llegan nuevos descubrimientos, tecnologías, legislaciones que reconocen derechos que antes la sociedad no hacía y, en fin, nuevos sistemas de trabajo y de entretenimiento no siempre fáciles de asimilar.

Esa situación también la vivirán con expectativa, y uno que otro temor, las hoy jóvenes generaciones que también madurarán y envejecerán.

Ellas nacieron en un mundo digital y poco o nada extrañarán la lenta desaparición de muchas cosas análogas, pero deberán enfrentarse a una realidad post-digital, a un mundo de hibridación plena (entre lo presencial y lo digital), en donde la inteligencia artificial seguirá sorprendiendo, y los sistemas financieros, de telecomunicaciones y el ejercicio de profesiones como medicina e ingeniería, entre otras, se moverán en ámbitos hasta ahora irreconocibles.

¿Es un reto? Sí. Y la respuesta es más humana que tecnológica. Independientemente de si las nuevas realidades nos gustan o no, o se ajustan a nuestra ideología, tenemos que aceptarlas con una actitud abierta al cambio e incorporarlas positivamente a favor de la convivencia, de la comunicación y del respeto, porque sean cuales sean los escenarios que se presenten nunca debemos olvidar que solo en la interacción humana podremos hallar sentido a nuestra propia vida.

Con o sin relojes análogos, dinero en efectivo, cheques, CDs, radios o televisores de tubos y hasta la ya olvidada tinta roja con la que se impregnaba el dedo a quienes ejercían el derecho al sufragio, por citar algunas vivencias que van siendo historia y que desaparecerán del todo, hay momentos, conceptos y personas que nunca desaparecerán, por sobre el cambio generacional: La familia, los padres, los hijos, el afecto, el ejemplo, la laboriosidad, el honor, el amor y la patria…

Es nuestra responsabilidad heredárselos a nuestros hijos y a las nuevas generaciones, pues son los valores que, por sobre cualquier cambio tecnológico, sostienen una existencia digna.

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