Hacía falta alguien que pusiera a “pensar al país”, como lo hacía Alfonso López Michelsen (q.e.p.d.). En eso llevamos muchos años y el país ahí, igual e inequitativo.
Lo cierto es que ese rol lo acaba de adoptar el expresidente César Gaviria, quien ha propuesto una “justicia transicional donde quepan todos los que estén inmersos en delitos contra los derechos humanos, incluidos empresarios, agricultores y ganaderos”. Claro está que él —Gaviria— debe estar incluido, pues fue el quién acabó con el campo colombiano con su famosa apertura económica.
Gaviria propone dicha medida “para hacer posible la paz en Colombia y acabar esa guerra de 50 años.” Esa propuesta, aparentemente, puede ser beneficiosa. El “pequeño” problema es que eso sería, como lo afirma el escritor William Ospina, “repetir el sainete del frente nacional, con el que se puso punto final a la guerra fratricida de los partidos Liberal y Conservador, garantizando impunidad, que fue lo que nos causó la guerra siguiente, la del narcotráfico y la corrupción”, esa que estamos viviendo todavía, pero sumando minas quiebrapatas y reclutamiento de niños. Ojalá nuestros genios nacionales logren algo al respecto, para que el posconflicto no nos deje otra siguiente guerra, peor que la anterior.
Y sobre el escándalo de la Corte Constitucional, no es raro lo que se vive. El Consejo de Estado, gracias a una tutela, pagada o no, lleva meses “mamando gallo” para decidir si Petro debe ser destituido o no. Ni qué decir del Consejo Nacional de la Judicatura, donde nunca se supo que pasó con todo el billete que le ha entregado el Gobierno para diversas cosas, sin que nada se sepa ni se vea. Esa es “Locombia”.
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