Las valientes críticas del Procurador

Hay que tener los pies sobre la tierra y un enorme convencimiento en lo que se dice y lo que se piensa para, ejerciendo una alta dignidad del Estado, hacer un quite y salirse del coro unanimista que hoy asalta las buenas y las malas conciencias. Precisamente y antes de conocer el martes pasado el pregón presidencial que decretaba a Colombia el proceso de paz, el procurador Alejandro Ordóñez había establecido que, sin ser un renegado de la paz, una serie de interrogantes y diferencias con la ruta acordada por el eje del santismo y las Farc. Sencillamente, el Procurador parte de la inquietud generalizada sobre con quién se va a negociar, independiente de las matrices y de los lugares comunes presentes en los procesos anteriores. Una cosa es negociar con un grupo terrorista derrotado tácticamente, como lo estaba en tiempos de Uribe Vélez, y otra hacerlo con una empresa de estirpe narcotraficante, como es el secretariado de las Farc. Con el crimen organizado, como en el caso presente, se está negociando a partir de la impunidad. Esto lo anota el Procurador con absoluta claridad.

Para redondear su diatriba, hace referencia al problema complejo que implica un ejercicio como éste, cuando el Estado acomoda el destino de la Democracia a una agenda que, como la de las Farc, siempre ha justificado su permanencia en el tiempo al problema agrario, dejando sintomáticamente el debate alterno al desmonte del narcotráfico para penúltimo punto, olvidando que esta es la razón misma de la permanencia y vigor económico de la llamada lucha armada colombiana y que la hace diferente a los otros conflictos de países vecinos y lejanos.

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