El presidente Santos no quiso llegar a Oslo con las manos vacías. De allí que todo ese proceso de la refrendación por parte del Congreso había que hacerlo a mil kilómetros por hora, sin importar la forma y el fondo. Y ya eso es un hecho consumado. Con mayor razón cuando la Corte Constitucional se acomode a esa circunstancia.
Ahora solo nos corresponde a los colombianos echarnos la bendición para que las cosas se cumplan, situación nada fácil. Frank Pearl, negociador de paz del mandatario, dijo que “los acuerdos no resuelven todos los problemas del país”. El escritor William Ospina, de indudable tendencia izquierdista, afirmó que “la paz que diseñan nuestras élites y su clase política es una paz para ellas, pero no para el país”.
De otra parte, se nos quiere lavar el cerebro con el sofisma aquel de que “con las farc insertadas en la sociedad la corrupción bajará sus altos niveles de incidencia nacional.” Eso está por verse. No olvidemos que la perestroika cambio totalmente a la Unión Soviética comunista por culpa de la corrupción.
No olvidemos a Nicaragua, Guatemala y El Salvador, que vivieron momentos históricos similares al nuestro y, en estos dos últimos, a pesar de acuerdos de paz, hoy sufren mucho de la violencia y la criminalidad debido a tanta pobreza y a las brechas socioeconómicas. Alto porcentaje de reinsertados se convirtieron en Maras, porque allá no “lograron cambiar las estructuras que causaron la guerra”. Esto también va a suceder en Colombia, si la política no cambia y el narcotráfico no nos agobia.
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