Wilson Ruiz Orejuela

Las ideas se discuten, la dignidad de las mujeres se respeta

Wilson Ruiz Orejuela

No importa su cargo, su apellido ni su pensamiento político. Cuando una mujer es ridiculizada públicamente por su cuerpo o por estereotipos de género, el daño va mucho más allá de ella.

Se normaliza una forma de violencia que durante años ha buscado callar, minimizar y expulsar a las mujeres de los espacios donde toman decisiones.

Lo ocurrido con Paloma Valencia no es una simple provocación. Es una muestra clara de cómo aún se pretende deslegitimar a las mujeres no desde el debate de ideas, sino desde la burla y la humillación. Y frente a eso, no se puede guardar silencio.

Como hombre y como ciudadano, defiendo el derecho de las mujeres a participar en la vida pública sin ser agredidas por su condición.

A Paloma Valencia se le puede criticar políticamente, como a cualquier figura pública. Pero cuando la crítica abandona los argumentos y se refugia en el ataque personal, deja de ser opinión y se convierte en violencia de género.

En Colombia se ha vuelto habitual que a las mujeres que opinan, lideran o toman decisiones se les trate con una dureza que no se aplica a los hombres.

A ellos se les confronta; a ellas se les ridiculiza. A ellos se les debate; a ellas se les reduce a caricaturas.

Aquí es imposible no señalar una contradicción que resulta incómoda, pero necesaria. Durante años, desde el Pacto Histórico y los sectores que hoy gobiernan, se levantó como bandera la eliminación de la misoginia y de todo tipo de violencia contra la mujer.

Se habló de respeto, de sororidad, de dignidad femenina y de erradicar las prácticas que históricamente han silenciado y humillado a las mujeres.

Ese discurso fue repetido en campañas, en pronunciamientos oficiales y en redes sociales como un compromiso ético inquebrantable.

Sin embargo, cuando la violencia simbólica se ejerce contra una mujer que no comparte esa visión ideológica, ese compromiso parece diluirse.

El silencio, la minimización del ataque o su justificación bajo la etiqueta de “humor” revelan que, para algunos, la defensa de las mujeres no es un principio universal, sino una herramienta política.

Y eso es profundamente grave, porque la dignidad de las mujeres no puede depender de su filiación política ni de si resultan cómodas o incómodas para el poder.

No todo puede justificarse bajo el pretexto del humor. No es humor cuando se cosifica. No es sátira cuando se refuerzan estereotipos que han servido históricamente para silenciar a las mujeres.

Y no es libertad de expresión cuando se usa la palabra para degradar.

Lo más preocupante es el mensaje que se envía a la sociedad. Cuando se permite que una mujer sea atacada públicamente por su apariencia, se legitima el matoneo en todos los ámbitos: en los colegios, en el trabajo, en las redes y en la vida cotidiana. Se transmite la idea de que la dignidad de una mujer es negociable.

Defender a las mujeres no es una postura ideológica es una obligación ética. Implica trazar límites claros entre la crítica legítima y la violencia simbólica. Implica decir, con firmeza, que no todo vale.

Hoy es Paloma Valencia. Mañana puede ser cualquier mujer que decida alzar la voz, liderar o participar en política.

Por eso esta no es una defensa personal, es una defensa de principios. Porque cuando se agrede a una mujer por ser mujer, se debilita la democracia.

Y frente a eso, no hay espacio para la indiferencia.

Comments

Cargando Artículo siguiente ...

Fin de los artículos

No hay más artículos para cargar