Los acuerdos sobre el narcotráfico logrados en La Habana entre las Farc y el Gobierno Nacional son tan gaseosos como los anunciados sobre la política de desarrollo agrario integral y participación política.
En este tercer punto, como en los anteriores, las Farc hacen planteamientos sobre el deber ser de la situación y asumen una posición en la que se ubican como actores ajenos al problema.
Nuevamente, las Farc no reconocen su participación activa. Fruto de las negociaciones con el grupo guerrillero en este punto yo no esperaba una lección sobre propuestas a los campesinos para una sustitución voluntaria de cultivos, consejos sobre erradicación manual, condenas a la aspersión o sugerencias para evitar que los jóvenes ingresen al mundo de la drogadicción.
El papel de asesores que vienen asumiendo las Farc en La Habana es verdaderamente desagradable. La guerrilla se pasa de la raya en esta pose en los acuerdos sobre narcotráfico.
Resulta inverosímil que las Farc le exijan al Gobierno que combata con decisión los carteles de la droga.
Como en los dos puntos anteriores, en éste quedaron muchas cosas por decir. Me gustaría saber, por ejemplo, ¿cuáles son los territorios donde las Farc siembran coca?, ¿qué va a pasar con las tierras que le han quitado a los campesinos para dedicarlas a la siembra?, ¿cuáles son las rutas que controlan?, ¿cuáles son los bienes de los jefes guerrilleros obtenidos con recursos del narcotráfico, y si van a entregarlos? Los anuncios del viernes son otro canto a la bandera que en esencia nada contribuyen a la solución estructural de esta compleja problemática.
Los avances presentados con bombos y platillos electorales no son más que lugares comunes que subestiman la interpretación y la capacidad de análisis de los colombianos sobre los problemas del país.
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