Una guerra interna de 52 años con la guerrilla más fuerte fue desactivada en el año 2016 con la firma de la paz, se creyó que la apertura a la democratización era inmediata, con un Presidente laureado por el premio Nobel, pero gran parte de lo pactado sigue incierto afectando no solo a los desmovilizados sino a toda la sociedad colombiana que no ve claro el camino para la reconstrucción de la convivencia perdida desde finales de los años 40.
Las Farc cometieron el error garrafal de hacer la transición a la vida política partidista con la misma sigla utilizada como organización guerrillera, de Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) a Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc), esto, pensaron los adalides de la conservación del nombre les permitiría mantener la impronta, pero los adversarios aprovecharon el error para macartizarlos como terroristas y agentes de la destrucción.
El resultado electoral para el Congreso fue exiguo, 85.000 votos.
Conformaron las Farc un partido político con quien nadie quiso hacer coalición, porque desde los otros partidos se creen de mejor estirpe y los ven como a los que vienen de delinquir.
La verdad no la reconocen ni asumen estos partidos políticos tradicionales y “nuevos”(el mismo bipartidismo disfrazado con fachadas: La U, Cambio Radical…) que operan en la formalidad democrática, pero han delinquido desde sus cúpulas nacionales y élites regionales y se han robado durante muchos años el aparato del Estado con las contrataciones infladas y todas las artimañas que el país conoce.
Entonces, en la práctica tenemos un Congreso conformado desde todos los ángulos por delegados de partidos políticos transgresores del ordenamiento jurídico.
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