En mis tiempos de director de la Revista del América no me tocó sufrir este problema de las barras bravas. En cada número exaltábamos a hinchas como Estela Castellanos o la orquesta del Segundo piso. Un gran personaje era “El Duende”; una vez cuando América estaba la Copa Libertadores, nos tocó enfrentar a un equipo chileno en el desierto de Atacama. Cuando nos bajamos del avión, el doctor Ochoa dijo: “Solo falta que nos encontremos a El Duende por acá”.
Preciso, vimos una bandera roja y un negrito chiquito que la sostenía, era él, había llegado primero que nosotros, viajando en buses. Ya había nacido Barón Rojo, quizás les hice una crónica pero nunca les di mucho protagonismo.
Todos los equipos de tradición tienen barras bravas, las más fuertes son las del América, Millonarios, Nacional, Cali, Medellín y Santa Fé. Cuando se hicieron sentir las alcaldías escogieron un pésimo camino: patrocinarlas.
El único Secretario de Gobierno que las enfrentó fue Miguel Yusti, quien tuvo que estar protegido en el tiempo de su administración. De resto, se inventaron programas de “inclusión y convivencia”, y hasta contratos. Se empoderaron. Ese discurso que se consolidó en la administración de Ospina, de Guerrero y Armitage, les dio camino. Todos los entes han sido cómplices de esta situación: Los dirigentes deportivos, la Dimayor y las alcaldías. Resulta que cuando las papas queman, la víctima en este momento es solamente el América, porque no tiene estadio.
El incidente se originó jugando de visitante en el Pascual Guerrero. Un gran daño deportivo y económico para el América. Ese vínculo con las barras bravas se debe desmontar. No existen barristas malos y buenos. Deben existir las hinchadas, como siempre existieron.
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