Leí una columna escrita por don Alfredo Carvajal Sinisterra en la que hacía referencia al biólogo americano Stephen Jay Gould y su apuesta personal de superar las estadísticas fatales del cáncer que le habían diagnosticado. Recordé al biólogo con mucho agrado cuando leí la nota.
Fue él quien gracias a sus ensayos de divulgación científica supo inocular en mí un especial interés por la evolución siendo varios de sus apuntes los que predispusieron en mí una portentosa visión de la “vita brevis”: la infantilización evolutiva de los cómics (comparen al Mickey Mouse de hoy con el de los años cincuenta y lo comprenderán), la paradoja evolutiva del teclado Qwerty que siendo el menos apto es el “seleccionado” en los gadgets modernos, la evolución errática de algunas especies que contrasta con el paradigma anhelado de la evolución progresista (los parásitos son el mejor ejemplo), y finalmente, para citar sólo algunos temas, el fútbol como ejemplo del trabajo en equipo de los antiguos cazadores de mamuts.
Fue esta última particular hipótesis de Gould la que me hizo ver el fútbol con ojos diferentes. Antes coincidía con un número de intelectuales –y otros que creen serlo pero que no lo son tanto- en su animadversión hacia el balompié; llegué inclusive a recitar una frase de Jorge Luis Borges: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular” ¡Lapidaria! Pero gracias a Stephen Jay Gould aprendí a disfrutar del fútbol, y muy especialmente de los últimos encuentros de nuestra selección tricolor.
Y si para mis antiguos copartidarios de fobia futbolera me he convertido en un ejemplo vivo de lo que simboliza la infeliz involución, ¡la felicidad de la clasificación al mundial de Brasil 2014 no me la quita nadie!
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