Los buenos filmes innovan la historia de la cinematografía, son seleccionados por importantes festivales, se acreditan la buena crítica de jurados exigentes, merecen destacados galardones, pero sobre todo, emocionan y conmueven a los espectadores.
Así está acreditada La tierra y la sombra, la ópera prima del director caleño César Augusto Acevedo, que se destacó en el festival de Cannes 2015 y ganó el premio Cámara de oro, en razón de ser una obra reveladora.
Después de llenar durante dos meses las salas europeas ahora llega a la cartelera nacional para regresarnos a la infancia y hacernos entender el arraigo de nuestros mayores, quienes al resistirse a los abusos del poder y la injusticia laboral, muchas veces de manera incomprensible entremezclan el odio y el amor.
La tierra y la sombra nos hace percibir lo que pesan la soledad, la tristeza y la angustia en momentos de impotencia ante la enfermedad de un familiar y la muerte que acecha.
No es la publicidad engaños, ni las historias extensas o la ostentación de los efectos especiales lo que determina las buenas películas. Similar a la literatura, las historias filmadas en cine son buenas por la manera como sean narradas.
La proyección de La tierra y la sombra permite que los espectadores degustemos lo poético implícito en la fotografía y nos deja ver la huella artística de un promisorio gran director cuando logra que sus actores naturales alcancen la plenitud en la puesta en escena.
Los triunfos de César Augusto Acevedo fueron premonitorios desde cuando terminaba su carrera de comunicador social y periodista en la Universidad del Valle y, lo que luego sería su guion, fue declarada como tesis laureada.
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