Esta semana Cartagena sirvió de escenario para el relanzamiento de la “tercera vía”, una política de gobierno pragmática que pretende corregir las fallas del mercado a través de políticas de regulación estatal, bajo el lema: “el mercado hasta donde sea posible y el estado hasta donde sea necesario”.
Asistieron como promotores de primer orden varios ex presidentes del hemisferio, salvo Tony Blair, ex premier inglés y tal vez la figura más polémica del encuentro, por estar hoy sujeta a una controversia judicial en su país, acusado de crímenes de guerra por haber participado del saqueo y genocidio en Irak, bajo el pretexto mentiroso de la existencia de armas de destrucción masiva en manos de Saddam Husein.
El mundo hoy está en la búsqueda de paradigmas que apunten al logro del buen gobierno, como reza uno de los principales postulados de esta filosofía hoy abanderada por nuestro Presidente.
Pero la evaluación que pudiéramos hacerle a los pregoneros de esta propuesta, si nos atenemos a sus prácticas gubernamentales, es que difícilmente encontramos claras diferencias con el neoliberalismo, tanto que lo acontecido es: al mercado hasta lo inimaginable –la salud y la educación, por ejemplo, dejaron de ser un derecho- y el estado funge como el torniquete que ahoga cualquier manifestación de inconformidad, por las injusticias del laissez faire y el laissez passer.
De tal manera que por respetables que sean los expresidentes que promueven las bondades de esta práctica, además, no deja de causar desconfianza que, como colofón del encuentro de Cartagena, se nos anuncie una nueva reforma tributaria, como si no supiéramos en Colombia quiénes somos los que más pagamos impuestos.
Ojalá la tercera vía no nos vaya a pegar tan duro, como las dos primeras.
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