La suerte de Guerrero – I

Yo no creo que un balance de dos años sea un éxito milagroso, cuando la variable más importante para la construcción de ciudadanía es una tragedia. La suerte del alcalde Guerrero es quizá su mayor patrimonio. Yo no sé si sea buena o mala, el hecho es que todo le rebota. Lo gris, bajo su mirada, se vuelve rosado. La violencia se transforma en una oportunidad o en una variable más de la nube rosa que cubre, como manto sagrado, su aureola de estadista. Si por cualquier desliz del destino es sorprendido quemando pólvora, cuando su manipulación y venta está prohibida, pasa a ser una gracia más del “alcalde redentor”.

Decía Felipe González que la seguridad es inversión social y la base para la recuperación de la confianza. Demostró Giuliani, cuando fue alcalde de Nueva York, que reducir los homicidios fue el inicio del renacer de la Gran Manzana. Ambos explicaron sus éxitos en la derrota de la violencia urbana. En Cali, después de dos años de ascenso de la tasa de muertes violentas, hay sectores de opinión que se han dado a la tarea de equiparar este fracaso a tareas inconclusas como el MIO y el POT. Estas “tareas” técnicas no comprometen la vida y la dignidad humana, no son lo mismo y no se las deben mezclar de manera maniquea en beneficio del mandatario. La suerte de Guerrero es la más extraña de todos los alcaldes, pues si se tratara de otro, los titulares de 2014 hubieran calificado los resultados de su gestión como nefastos y habrían iniciado sin lugar a dudas un proceso de revocatoria, orquestado desde los centros del poder económico, por la sencilla razón que una ciudad con seis homicidios diarios, con más de 2.000 en 2013, una de las 7 ciudades más violentas del mundo, solo es viable para los suertudos amigos del Alcalde.

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