Hoy que todo el sistema político en nuestro continente se mueve por ideologías de izquierda y derecha, me parece interesante recordar el pensamiento de personajes importantes de otrora que tuvieron alguna influencia sobre millones de personas.
Milovan Djilas, autor del libro cuyo título tomé para estas notas, uno de los cuatro hombres fuertes de la antigua Yugoeslavia, cuando hacía parte de la “cortina de hierro” que Joseph Stalin estableció cuando terminó la segunda guerra mundial, países que afortunadamente recuperaron su institucionalidad democrática cuando Mijaíl Gorbachov logró imponer, como secretario general del partido comunista en la URSS, la “perestroika” que permitió liberar a otros países de Europa oriental de esa tiranía y de la miseria que Stalin había dejado como insignia del comunismo.
Djilas fue el primer mandatario que renunció al comunismo y quién dio a conocer la difícil situación de aquellos países que padecieron la dureza de una ideología en la que “casi nadie, exceptuando la élite de gobierno, ignoraba la miseria generacional.”
Uno lee y analiza la literatura de Alexander Solzhenitsyn, exiliado ruso y premio nobel como escritor, empezando por su famoso “Archipiélago del Gulag”, se da cuenta que el comunismo no es una buena posibilidad en ningún sentido. Para él el reinado del partido comunista en su país “representaba un crimen y una catástrofe absoluta.”
No olvidemos que el sanguinario Stalin fue responsable de muchos más muertos en su nación que los de Adolfo Hitler en los países donde intervino, sobre todo con abrumadoras purgas y su terrible plan de colectivización. Stalin dudaba de su propia sombra.
Ni hablar de Mao Tse Tung en China, donde millones de compatriotas morían por hambruna, ni de Corea del Norte, un país totalmente cerrado al exterior, dónde, según desertores, “es un pecado vivir.”
Y si miramos hacia nuestro continente, en el que países con gobiernos de izquierda no son un buen ejemplo, pues ni hablar.
Con esta breve reseña (son muchas las historias sobre el tema), respondo a aquellos que me critican mi posición derechista y, les digo que, afortunadamente, tenemos una psicología diferente, una visión distinta del mundo.
Para mí, la democracia, en todo el sentido de la palabra y con todos sus defectos, es sagrada.
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