Con motivo del día mundial de la radio, celebrado el 13 de febrero, quienes alcanzamos a disfrutar y nos culturizábamos con la radio de otrora, en la fecha añoramos esa programación que el tiempo se llevó y que tal vez no volverá. No nos extrañemos que hoy como parroquianos los grupos de televidentes frente a una pantalla pública vean un partido de fútbol, porque hace medio siglo igual sucedía en las esquinas con los radioescuchas que, muy atentos, seguían las transmisiones en directo de un juicio famoso, los discursos políticos, las narraciones deportivas, las radionovelas, las carreras de caballos y de algunas noticias trascendentales. La historia reseñó que el 9 de abril de 1948, los agitadores se tomaron las emisoras para enardecer a las multitudes gaitanistas tras la muerte del caudillo y que el Gobierno también dominó la situación con la transmisión radial de los mensajes presidenciales.
En antaño, la radio se esmeraba por ofrecer a los oyentes programaciones pulcras, de contenidos culturales y presentadas por voces seleccionadas. Quién no recuerda las voces de Gloria Valencia, Eucario Bermúdez, Joaquín Marino López y Jorge Enrique Pulido, entre otros, que daba gusto escucharles y que los adolescentes en trance de cambio del timbre de voz, procurábamos emular su léxico y pronunciación. Si los jóvenes de antaño nos deleitábamos con libros de literatura, era porque las radionovelas, antes que aprendiéramos a leer, ya nos habían enamorado de las ficciones literarias. Si aprendimos música colombiana fue porque la radio nos despertaba con bambucos, guabinas y pasillos. En cambio, hoy en la radio proliferan las voces chillonas, con lenguaje vulgar y los contenidos light, moldeando una juventud apática a la cultura.
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