No soy una católica practicante. La verdad dejé de ir mucho tiempo a misa y recientemente había vuelto con frecuencia a la iglesia de San Fernando Rey en Cali. Es un espacio que disfruto porque me permite reflexionar, meditar y aquietar mi mente. En general, la paz que encuentro en esos recintos me gusta.
¿Qué me aleja de las misas? Los sacerdotes. Usualmente no encuentro en sus palabras la profundidad espiritual que necesito. En esos casos, trato de concentrar mis pensamientos en las lecturas evitando la interpretación personal del sacerdote, por lo general superficial y a veces distorsionada. A pesar de no encontrar grandes respuestas a mis inquietudes, nunca había sentido la necesidad de salirme de la misa como me ocurrió el domingo pasado.
El sacerdote aprovechó el púlpito para dar un agresivo discurso político, cargado de negatividad. Sus palabras parecían de esos personajes de redes sociales para los cuales nada ni nadie sirve en nuestro país. Tras 40 minutos de críticas contra el sistema, casi invitando a la rebelión, decidí salirme.
¡Qué lástima salir de misa con la mente rabiosa y el alma intranquila! Todos sabemos que el arzobispo de Cali participa activamente en política, generando grandes controversias en la ciudad. ¿Será que ha dado línea y que los sacerdotes empezarán a hacer lo mismo?
Me parece muy grave que se aprovechen los púlpitos para aumentar la insatisfacción y la frustración de nuestros ciudadanos. Es cierto que nuestro país afronta serios problemas sociales, que debemos luchar contra la inequidad y la exclusión. Sin embargo, la vía no es atacar la institucionalidad del país. Envenenar el alma de otro debe ser pecado…
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