Cada elección en Colombia revive una pregunta incómoda que rara vez nos hacemos con honestidad. ¿el problema de la política es el político o el elector?
Es una discusión que suele resolverse con rapidez señalando a la clase dirigente, pero pocas veces nos detenemos a mirar el otro lado del espejo. Las decisiones, expectativas y comportamiento del elector.
En medio de ese debate apareció recientemente un fenómeno político interesante alrededor de Juan Daniel Oviedo.
Más allá de los resultados electorales concretos, su irrupción mostró algo que en la política colombiana no es tan común. Una narrativa de autenticidad.
Su manera de comunicar, directa, espontánea y sin muchos de los códigos tradicionales del político tradicional, logró conectar con sectores del electorado que buscan algo distinto a los discursos cuidadosamente calculados.
En un ambiente político saturado de retórica, la autenticidad puede convertirse en un capital político poderoso.
Pero la política real casi nunca se mueve únicamente por autenticidad. También se mueve por estructura.
En Colombia, las elecciones siguen teniendo un componente profundamente territorial y organizativo.
Un ejemplo claro de esa realidad se observa en el Valle del Cauca. Allí el liderazgo político de Dilian Francisca Toro mantiene una fuerza electoral evidente.
Más allá de simpatías o diferencias ideológicas, lo que se puede observar es la consolidación de una estructura política que sigue teniendo capacidad de organización territorial y movilización de votantes.
Este tipo de fenómenos recuerdan que la política colombiana no se explica únicamente desde Bogotá ni desde las redes sociales.
En muchas regiones del país sigue funcionando a través de relaciones políticas construidas durante años, con liderazgos locales, redes de apoyo y compromisos que van mucho más allá de una campaña.
En ese mismo escenario aparece otra figura conocida de la política nacional: el político que se adapta a todo, el dirigente que cambia de posición según el momento, que se mueve entre corrientes ideológicas o gobiernos con la facilidad de quien domina el arte de sobrevivir en el poder.
Durante años esa capacidad fue vista como una habilidad estratégica. Ser flexible, negociar con todos, acomodarse a cada coyuntura parecía una muestra de inteligencia política.
Sin embargo, la política también cobra facturas. Lo que en un momento puede interpretarse como astucia, con el tiempo puede convertirse en un problema de credibilidad. Porque en política no tener una posición clara también tiene un costo.
Sin embargo, sería demasiado fácil concluir que toda la responsabilidad recae en los dirigentes. La política colombiana también es el reflejo de su electorado.
El país no tiene un solo tipo de votante. Existe una Colombia urbana donde el voto de opinión tiene más peso, donde el debate público se mueve alrededor de ideas, narrativas y posicionamientos ideológicos.
Pero también existe una Colombia profunda donde la política se entiende de otra manera. Allí el voto muchas veces se mueve por relaciones personales, favores, compromisos y, en muchos casos, por incentivos económicos que siguen teniendo influencia en el comportamiento electoral.
En ese punto aparece una relación compleja casi tóxica entre el político y el elector. Muchas veces criticamos al político que promete favores o que construye su poder a partir de dádivas, pero olvidamos que ese comportamiento también responde a una expectativa real de una parte del electorado.
El político ofrece porque sabe que hay quien espera que ofrezca. Y el elector acepta porque durante décadas la política le ha enseñado que esa es la forma en que funciona el sistema.
Por eso la política colombiana termina siendo, en buena medida, un espejo de sus propias dinámicas sociales. Los líderes se adaptan a lo que el electorado premia y el electorado termina premiando lo que la política le ha acostumbrado a recibir.
La política no se transforma solamente cambiando a los políticos, también exige una transformación en la forma en que los ciudadanos entienden su voto.
Tal vez por eso, la pregunta inicial sigue sin respuesta. La verdadera pregunta es cuándo Colombia estará dispuesta a romper ese círculo en el que el político promete lo que el elector espera y el elector acepta lo que el político ofrece.
Porque mientras esa relación no cambie, la política seguirá siendo menos el reflejo de lo que aspiramos como sociedad y más el reflejo de lo que estamos dispuestos a tolerar en las urnas.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar




