La crónica de Gardeazábal

La muerte de la elegancia

Gustavo Álvarez Gardeazábal

Esta pandemia, cada vez más en crescendo, ha cobrado una víctima ya, al menos en nuestro país: la elegancia. El encierro inicial que nos llevó a estar vestidos diariamente como para domingo en casa o como máximo con una camisa pizpa para poder salir en el zoom que no toma con su cámara sino del pecho hacia arriba, ha terminado por contagiar la pereza de vestirse bien o al menos elegantemente.

La ausencia de sitios de reunión en donde podían lucirse los vestidos de hombres y mujeres emperifollados, han dejado de hacerse y si se realizan son clandestinos, lo que obliga a acudir camuflados o con ropa con la cual se pueda escapar con facilidad.

Ya había ido dejándose a un lado la corbata. Por lógica entonces, van a desaparecer los almacenes donde las vendían y los de ropas elegantes o por lo menos a disminuirse notoriamente. Y como una cosa encadena la otra, y esos almacenes se encuentran en su gran mayoría en centros comerciales y ellos, que de por sí están haciendo agua porque entre prohibiciones y pánicos la gente no volvió a recorrerlos, se ayudarán a si mismos a dejar de ser inversiones rentables. Pero también van a desaparecer junto con esos centros comerciales los hoteles y los centros de convenciones que se nutrían mutuamente.

No parece que en muchos años regresarán los congresos anuales y por ende el turismo de trabajo desaparecerá en un alto porcentaje y habrá que buscarles oficio a esos mamotretos antes que el vacío se los consuma o volcarlos ingeniosamente a un auge del turismo tradicional a precios más accequibles cuando todos estemos vacunados.

Y eslabonando más aún la cadena, habría que revisar el futuro de los edificios de oficinas cuando ya vemos que ellas han sido reemplazadas por espacios hogareños y que todo se discutirá o revisará desde el computador del jefe o del supervisor, que también estará trabajando desde la casa o, si mucho será de los poquitos que sostendrá en tres o cuatro escritorios una sede física de la empresa. Por supuesto, como ya no habrá que ir al centro donde estaban las oficinas, ya no interesará vivir en las grandes ciudades y la tranquilidad de las ciudades satélites, cercanas a las urbes congestionadas, comenzarán a ganar espacio y rentabilidad.

Obviamente en Colombia todo esta nueva realidad tendrá que pasar por un cuello de botella: la falta de un sistema de interconección de internet apropiado que permita conectarse desde cualquier parte o sangrar la fibra óptica igual a como se hizo hace 100 años cuando llegaron los acueductos y se prestó el servicio de tubería a los hogares. Amanecerá y lo verá usted, mi querido lector u oyente, porque yo ya estoy muy viejo para alcanzar ese momento de Colombia.

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