La maldita pólvora

Que no me vengan con el cuento de que hay pólvora buena y pólvora mala. Este es un debate superado.

La única vez que me ha tocado responder ante la Fiscalía por acciones en el ejercicio de algún cargo público, fue cuando una empresa polvorera decidió denunciarme penalmente, porque de manera tajante la administración de la que yo formé parte en mi calidad de secretario de Gobierno decidió ponerle punto final a la comercialización de la pólvora en Cali. Fortunosamente esta vez la justicia no se equivocó y precluyó la investigación.

Antes de 2004 Cali a partir de diciembre era un festín. Por todos los sitios proliferaban kioscos y casetas, por las calles andaban libremente furgonetas ubicando la maldita pólvora en cuanto rincón encontraban. La ribera del río Cali, las calles principales del centro histórico, los alrededores de las plazas de mercado, en fin, toda la comarca, como en El Señor de los Anillos, estaba secuestrada por la inercia delirante de que la tal pólvora blanca, era ni más ni menos que un homenaje a Nobel y a los chinos que la inventaron.

Los caleños recibíamos casi siempre el premio oneroso de la ciudad con más quemados. Expedido el decreto, el panorama cambió, en la misma forma como han ido transformándose poco a poco las costumbres que conducían a comprar y a almacenar pólvora. Este diciembre de 2012 y enero de 2013 deben convertirse en un ejercicio de autoridad, que cubra todos los sectores y que meta en cintura recayendo todo el peso de la ley sobre los empresarios, pequeños o grandes, y los padres y adultos que violen las disposiciones que rigen desde el 2004. Mañana día de las velitas será una prueba de fuego para el alcalde Guerrero.

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