Miguel Yusty

La Luciérnaga de Peláez

Miguel Yusty

Hernán Peláez dejará la dirección de La Luciérnaga este mes.

Cuando creíamos que “los días de Radio” estaban contados, la música de su voz reeditó la ensoñación de nuestros padres, quienes transistor en mano disfrutaban de la vida cotidiana, pues la radio requiere, a diferencia de la televisión, del ritmo, el tono, la brillantez y una musicalización especial.

La voz de Peláez no sé cuantos ritmos ha llegado a tener, a veces parece la de un bolerista, pero casi siempre es la de un sonero, que sostiene un libreto que diferencia La Luciérnaga de cualquier programa de cuentachistes, de opinadores o de académicos confusos, difusos y profusos.

La radio de Pelaez es el ejercicio más importante de la historia reciente del periodismo radial. Su ortodoxia no dejó que la ficción del imitador de voces determinara la naturaleza del programa. Posicionó los libretos que han salido del mundo de Gardeazábal, que impidió desde su llegada que La Luciérnaga fuera una caricatura de sus antecesores.

Peláez, Gardeazábal, Alexandra y compañía  transformaron un programa que corrió el riesgo de caer en la arenas movedizas del mero chiste, en una partida que, como los grandes conciertos de La Fania, reunía a los mejores instrumentistas, marcados por la flauta de Johnny Pacheco, quien convirtió el formato de la Sonora Matancera en la música urbana más importante de nuestras memorias. Yo no sé si Peláez utiliza una flauta. No sé si se irá del todo.

Lo cierto es que cuando uno le ha puesto música a lo que dice, termina secuestrando para siempre los recuerdos. Pueda ser que quien lo vaya a remplazar no cambie el ritmo del son, “…mi divino son…”, como escribiera Cabrera Infante,  por la bachata y el regaetón.

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