Es una vergüenza que a estas horas una de las causales de la violencia en nuestro país sea el atraso del sector agrario.
Más vergonzoso todavía, que persista en el campo el dominio de los señores encomenderos. Sigue generando más vergüenza, que los “Siervos sin tierra”, a la manera de la metáfora de Don Tomás Carrasquilla, sean hoy las víctimas de la violencia, que hoy se presenta bajo la forma retórica de líderes sociales, cuando en realidad de verdad son la personificación de sus antepasados que en el siglo XIX lucharon por lo mismo.
En las primeras tres décadas del siglo pasado fueron en vano los procesos de la Revolución en Marcha de López Pumarejo, que pretendió cumplir con la tarea de equilibrar la relación del campo y la ciudad con la hoy olvidada Ley 30.
Ninguna de nuestras guerras logró hacer realidad una reforma agraria bajo el modelo agroindustrial o del mediano propietario, es decir el modelo alemán o el francés.
Nuestros próceres le cerraron la puerta a la inmigración europea, china y japonesa, después de las dos guerras mundiales y la crisis de 1929, cuando nuestros países vecinos abrieron sus puertas, dando lugar a importantes procesos de colonización e industrialización agraria, los terratenientes cerraron la puerta.
La vergüenza nos azota cuando nos enteramos que hay 222.000 hectáreas sembradas de coca, esto no debería suceder.
Por esta razón los campos son tierra de nadie y el crimen organizado está desestabilizando nuestras frágiles instituciones democráticas, convirtiendo las ciudades en un potente mercado de consumo, librando una guerra sin cuartel por el control de las rutas y el territorio.
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