Crónica de una muerte anunciada resultó el hundimiento del proyecto anticorrupción en el Congreso. Ingenuos fuimos los colombianos que pensábamos que podía avanzar y que se auto reforman los que deben ser controlados.
¿Realmente era posible que el lobo cuidara a caperucita? Una parodia resultó que, tras el hundimiento, salieran todos a rasgarse las vestiduras, echándose la culpa unos a otros. Además, como en un “deja vu”, fue ridículo que el Gobierno anunciará que presentará un nuevo proyecto con mensaje de urgencia y todas las fuerzas políticas se comprometieron a apoyarlo.
Todos pronunciaron el mismo discurso de hace un año y sabemos que después no pasará nada, no moverán un dedo para que las herramientas anticorrupción realmente se creen y se apliquen. ¿Qué nos creen, si creen que les creemos? Son muchas las implicaciones que este nuevo fracaso legislativo tiene. Una de ellas es precisamente que agrava la crisis de confianza y de credibilidad que enfrentan las instituciones de nuestro país. Colombia se convirtió hace mucho en el país del todo vale y parece difícil que salga de ese atolladero.
Camino que además nos está convirtiendo en una sociedad en la que todos desconfiamos de todos y partimos siempre de la mala fe de los demás. Un modelo que nos impide consolidar y compartir una visión de futuro y que sin duda frena nuestras posibilidades de progreso, desarrollo y bienestar.
A casi un año de su llegada a la Casa de Nariño, es necesario que el presidente coja más firmemente las riendas del país, de lo contrario las probabilidades de empezar a retroceder serán muy altas.
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