La guerra en Tumaco

Wilson Ruiz

La situación de violencia en Nariño es cada vez más crítica, como lo demuestran los hechos registrados en Tumaco.

De los actos de intimidación no escapa ni la Fuerza Pública, durante los últimos dos años 16 miembros de la Policía fueron víctimas de agresiones con ocasión de las actividades de erradicación de cultivos ilícitos.

No hay duda sobre la raíz del mal; Nariño es el departamento con más terrenos sembrados con coca, hay cerca de 47.000 hectáreas. Tumaco tiene alrededor de 23.000 hectáreas de cultivos ilícitos.

Un ingrediente adicional es que Tumaco es un puerto, convirtiéndolo en un punto estratégico para sacar alucinógenos por el Pacífico al exterior. Grupos de delincuencia organizada como el Clan del Golfo, disidentes de las Farc y otras bandas se disputan la posesión del territorio.

La muerte de siete campesinos el pasado 5 de octubre y el crimen del líder social Jair Cortés fue consecuencia de la acción de bandas delincuenciales que los amenazan para que marchen rechazando la sustitución de cultivos ilícitos y quienes se niegan, se convierten en objetivos militares. También son utilizados como escudos humanos para hostigar a la Fuerza Pública.

El Estado no puede declinar la lucha para acabar con el narcotráfico, fuente de finanzas de organizaciones ilegales.

La fuerza debe aplicarse con decisión a esas bandas, pero a la población civil hay que ofrecerle alternativas de subsistencia.

La presencia del Estado debe ser integral, con operaciones contundentes de los organismos de seguridad e inversión social, sacando del desamparo a colombianos que permanecen inermes mientras en su territorio la guerra no se detiene.

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