No soy fanático del fútbol. De hecho me es inquietante ver como un grupo de hombres corren de un lado para otro durante noventa minutos persiguiendo un balón. Y más inquietante aún, que sean observados por miles y millones de individuos hilarantes.
¿Qué puede haber detrás de todo esto? Hago un símil con los espectáculos del antiguo Coliseo romano, pero encuentro que no es del todo consecuente ya que en aquel entonces la estrategia gratuita de “pan y circo” para mantener el control sobre las masas era su razón de ser, pero hoy el espectáculo no es para nada “gratuito”.
Es tal vez la hipótesis del biólogo Gould la que más me satisface. La conjetura afirma que este tipo de espectáculos deportivos representan una gran metáfora sobre lo que significa el trabajo en equipo, una virtud que nos ha hecho evolucionar de antiguos cazadores de mamuts a conspiradores espaciales.
En fin, sea el trasfondo que sea, me alegra que uno de los dos equipos de nuestra querida ciudad haya llegado a la final del balompié colombiano. Espero que las motivaciones existentes –que creo económicas, dado el sistema capitalista permitan que los espectadores contemplen un gran espectáculo.
En la cultura azteca, si no estoy mal, existía una motivación singular para que los jugadores “entregaran todo en la cancha”: si perdían un partido no solo perdían el juego sino sus cabezas.
Por esto, y dado el clamor que observo por estos días, mal harían los jugadores del Cali en no “darlo todo” en la cancha. Sea esta la oportunidad para conocer por primera vez un estadio y espero retirarme de el con una gran sonrisa de satisfacción y, porque no, con un linda aura verdiblanca.
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