Rodrigo F. Chois

La estupidez: nuestra arma no tan secreta

Rodrigo F. Chois

Einstein afirmaba que existen dos cosas inconmensurables: el Universo y la estupidez humana, y decía tener dudas sobre el primero.

Por su parte, el economista Carlo Cipolla clasificaba a las personas en cuatro tipos: los desgraciados, los inteligentes, los malvados y los estúpidos.

Los desgraciados se causan daño a sí mismos, pero generan beneficios a otros; los inteligentes actúan de manera que generan ventajas tanto para sí mismos como para los demás; los malvados, en cambio, buscan su propio beneficio causando perjuicio a otros; y, finalmente, los estúpidos —quienes abundan en cantidades alarmantes— causan daño a otros y a sí mismos sin obtener ningún beneficio.

La diferencia crucial radica en que los malvados y los inteligentes saben que lo son, los desgraciados lo sospechan, pero los estúpidos nunca son conscientes de su propia condición.

Esta ignorancia los hace sumamente peligrosos, incluso más que los malvados, pues la estupidez es completamente impredecible.

Sin embargo, no todo es malo.

En La Guerra de los Mundos, de H.G. Wells, las bacterias terrestres —causantes de enfermedades— aniquilan a los invasores extraterrestres, salvando a la humanidad.

Usando esta misma parodia, podríamos imaginar que, frente a una amenaza existencial de una inteligencia artificial (IA), la estupidez podría obrar igual.

No solo la impredecibilidad de los estúpidos pondría en jaque a una IA, sino también su colectividad.

Los estúpidos, cual gotas de agua unidas por tensión superficial, se agrupan ejecutando actos estúpidos en forma exponencial.

Esto explica el auge de ciertas expresiones musicales o la elección de incapaces en cargos públicos.

Paradójicamente, esta estupidez podría ser el arma no tan secreta para enfrentar a una inteligencia artificial malhechora.

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