En el postconflicto la escuela estará llamada a fomentar los valores culturales, a afianzar la identidad nacional y a formar nuevos ciudadanos. Si la escuela y las demás instituciones sociales asumen estos retos, podrían vislumbrarse los anhelados vientos de paz de los colombianos.
En el siglo pasado, cuando en Colombia cesaba la violencia partidista y hacía el tránsito de una sociedad agraria a un país industrial, fue decisiva la acción de la escuela que evitó que las transformaciones económicas y políticas impactaran bruscamente en la sociedad.
Evitó que el remesón vaciara los valores sociales y costumbres culturales que le dieron identidad a la Nación.
Por eso es admirable que en la institución educativa de Santa Librada, su coliseo se denomine Pedro Manrique, su sala de arte Enrique Buenaventura, un auditorio Jota Mario Arbeláez y el otro, Auditorio de los Presidentes, en honor a Eliseo Payán, Manuel María Mallarino, Carlos y Jorge Holguín.
Pero Santa Librada cada año no se limita a clausurar labores, ni a simplemente entregar unos boletines. Este año en un acto solemne quiso entregar los títulos de bachilleres honoris causa a tres personalidades de la región, distinguidas en la administración pública, la cultura y el periodismo: Rodrigo Guerrero, Leonor González Mina y Fhanor Luna.
Se confirma lo dicho por Claret Zambrano, catedrático de la Universidad del Valle, quien en un ensayo sobre el pasado regional, afirmó: “Por Santa Librada pasa el meridiano histórico de Colombia”.
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