Rodolfo Gómez Concha

La encrucijada electoral

Rodolfo Gómez Concha

Sé bien que quienes me lean y ya estén decididos en su voto en la segunda vuelta presidencial, van a pensar que no hay tal encrucijada.

Para cada uno de los bandos en los que se convirtieron las campañas de Abelardo De La Espriella e Iván Cepeda la decisión es fácil. Se ratificarán en lo que eligieron en primera vuelta.

La reflexión que comparto en esta columna va más para quienes, incluso hoy, no han tomado su decisión y llegarán muchos de ellos al cubículo de votación sin tener claro qué marcar o por quién votar.

Ambos candidatos se negaron a asistir a debates públicos organizados por los medios de comunicación privados y estatales.

Se limitaron a aceptar entrevistas en las cuales respondían como loros las preguntas de sus interlocutores, casi siempre de forma reactiva y sin ponderación.

Quizás ha sido más el estilo de Abelardo que el de Cepeda, pero este de forma impasible y monocorde también elude responder lo que se le pregunta.

Las redes sociales, con todos sus vicios y peligros, se constituyeron en los escenarios para pregonar dos o tres frases que reemplazaron lo que antes llamábamos programas de gobierno.

En las postrimerías de las campañas han acuñado de manera repetitiva el “firme por la patria” la de la derecha y “me la juego por la vida”, la heredera del gobierno Petro.

Desestimaron la argumentación que los sectores de centro o quienes votamos de forma diferente en primera vuelta, necesitábamos conocer para quizás a pesar de nuestras convicciones, considerar votar por el uno o por el otro, o en blanco como lo contempla el sistema electoral.

Gritos, amenazas, anuncios de estallidos sociales, hacen parte del menú programático. Y con ello, pretenden aumentar ostensiblemente el resultado en las urnas.

Más que dos candidatos, Colombia decide este domingo la continuidad de un modelo de gobierno o un cambio radical con todo lo que ello conlleva. No toda la oferta es mala ni buena en cada una de las opciones.

Lo importante es tener claro que el lunes 22, cuando se confirmen los resultados legítimos en las urnas, la estabilidad institucional prevalezca y quien sea elegido, debe gobernar para todos, incluyendo a los millones de electores que no alcanzarán el triunfo. Ahí debe comenzar el cambio que cada uno promete.

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