El tercer maestro de Cali

La dirección que nadie escribe

Andrew Tocora

En Cali he visto jóvenes que cambian la dirección de su casa en la hoja de vida. No lo hacen para engañar a nadie. Lo hacen para que los llamen a entrevistas laborales. Intuyen algo que los datos confirman.

Hace poco leí un estudio publicado en la revista Cuadernos de Economía, que encontró que vivir en el oriente de Cali y ser afrodescendiente se asocia con empleos de peor calidad, aún comparando personas con características similares.

Pero hay una barrera más difícil de ver que la del reclutador. Es la que se instala por dentro de cada joven con ganas de salir adelante.

Muchos jóvenes de Siloé o del oriente crecen creyendo que sus sueños tienen un límite.

No está mal querer ser maestro de obra o mecánico. Esos oficios sostienen la ciudad. Lo grave es crecer convencido de que no se puede aspirar a nada más.

Me han dicho que eso es vender ilusiones, que lo responsable es formar para el empleo que hay.

Tiene razón en algo, un sueño sin plan es una frustración aplazada.

Pero un plan sin sueño se conforma con lo que el barrio ofrece. La tarea es juntar las dos cosas.

En la Fundación Ser Para Ser lo hemos visto. Un joven descubrió en nuestro programa que su propósito es cocinar.

Lo conectamos con empresarios del sector, y uno de ellos lo llevará a formarse en Francia.

Al regresar, quiere abrir en el oriente de Cali el primer restaurante con una estrella Michelin.

El talento ya estaba ahí, como está en miles de jóvenes de esta ciudad.

Lo que cambió fue la oportunidad y en que, alguien con poder de decisión, se detuvo a escucharlo.

Esa es la barrera invisible que más cuesta romper.

No la que separa barrios, ni la que incide en contratar o no a alguien, sino la que separa a quien sueña de quien puede abrirle la puerta.

Cuando ese restaurante exista, habrá en el oriente de Cali una dirección que todos querrán escribir.

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