Ahora todos escriben sobre el MIO sin conocer todo lo que el proyecto ha vivido. Parecen lejanos los días cuando el alcalde Ricardo Cobo estuvo a punto de sacar adelante la idea del metro ligero, bajo una acertada gestión de Sonia Villamizar. Nadie debe recordar las palabras valientes de Sonia cuando se enfrentó a la Nación que impuso, en la presidencia de Andrés Pastrana, los buses articulados. Jhon Maro Rodríguez y los concejales pactaron ese cambiazo. Perlaza, el primer presidente de esta nueva etapa, buen muchacho, ex líder de Emcali, enfrentado rápidamente a los concejales, se hundió en la compleja negociación del proyecto. Después vino el doctor Reveiz, que aligeró muchas cosas y fue más pragmático, dejando lista la licitación de las obras, coordinada por la Universidad Nacional, luego cuestionada en el proceso. Ahí llegó el doctor Jaime Córdoba, que inició la construcción, apoyado por un enviado del Gobierno Nacional, Ricardo Noero, y Juan Gonzalo Jaramillo, el único que conoce la memoria de Metro Cali por dentro. Fue una guerra contra la opinión pública y los medios. El siguiente presidente, Luis Fernando Lián, se enfrentó a Ramiro Tafur, el alcalde encargado, quien con alardes de dictador provocó escándalos contra la misma empresa sin poderlos certificar. La hecatombe fue cuando Jorge Iván Ospina nombró al inepto Mauricio Carvajal, que teóricamente era muy preparado, para luego nombrar como presidente a Luis Eduardo Barrera, cuya experiencia era ser jefe de almacén del Hospital Departamental. El sistema operó inicialmente con Carvajal, y Barrera, nombrado días después, montó -con Ospina- el protagonismo de ser el abanderado de este logro. El problema empezó aquí: el sistema no estaba terminado. Y no está terminado, falta mucho, para citar dos cosas: la Estación del sur y el Miocable, en serias dificultades.
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