La captura de Nicolás Maduro es, sin duda, un hecho político de alto impacto. Pero asumir que ese evento, por sí solo, resolvería la crisis venezolana es un error tan comprensible como peligroso.
La historia demuestra que las transiciones duras no se producen cuando cae el símbolo del poder, sino cuando se controla el caos que deja su caída.
En esos momentos, no se negocia con quien tiene razón moral, sino con quien puede apagar o encender el incendio.
En escenarios de colapso autoritario, la prioridad no es la legitimidad democrática inmediata, sino la estabilidad mínima. Estados Unidos lo sabe.
Por eso, en una fase de choque, no buscan líderes carismáticos ni ganadores electorales, sino operadores de poder capaces de garantizar continuidad, control y entregables concretos.
Ahí aparece el rol incómodo, pero realista, de figuras como Delcy Rodríguez. No como referente moral ni como proyecto político, sino como pieza funcional dentro de una transición forzada.
Delcy representa, hoy, tres elementos para evitar una implosión.
Primero, continuidad administrativa. Ministerios, PDVSA, sistema financiero, puertos, cadenas de suministro. El Estado venezolano es frágil, pero aún existe.
Si esa estructura se apaga abruptamente, el país se paraliza en días, la continuidad no legitima, pero evita el colapso total.
Segundo, canal directo con el poder duro, Fuerzas Armadas, inteligencia, colectivos, estructuras paralelas. Es un nodo de coordinación, Ella es quién puede impedir que la violencia se desate de forma descontrolada.
Tercero, capacidad de entregar algo concreto: información sensible, órdenes de repliegue, desmovilizaciones parciales, garantías operativas.
Eso es poder real en una transición. Eso es lo que se negocia cuando el tiempo corre y el riesgo es el caos.
En contraste, María Corina Machado encarna la legitimidad política, el respaldo popular y la narrativa democrática. Pero no controla armas, no controla territorio y no controla logística.
No puede garantizar que mañana no haya violencia. Y en una fase de choque, esa limitación pesa más que cualquier victoria moral o electoral.
Por su parte, Edmundo González cumple un rol distinto. Es un símbolo electoral, una figura de consenso civil, un puente posible para la reconstrucción institucional.
Pero no es un operador de poder. No está diseñado para apagar incendios, sino para gobernar cuando el fuego ya está bajo control.
Las transiciones reales suelen atravesar tres fases claras. La primera: control del caos. Se negocia con quienes tienen armas, con quienes pueden desatar violencia o evitarla. No es una fase ética; es una fase de contención.
La segunda fase: reacomodo del poder. Se empiezan a incorporar civiles, técnicos y actores aceptables para la comunidad internacional.
La tercera fase: legitimación. narrativa democrática, liderazgo político pleno. Aquí sí importan y mucho el voto, la representación y figuras como María Corina Machado y Edmundo González.
El error emocional más frecuente del venezolano es creer que capturar a Maduro equivale a resolver el problema. No es así.
La captura elimina al símbolo, pero no desmonta automáticamente el sistema que lo sostuvo. Primero mandan los que pueden evitar que el país se queme. Luego, los que pueden administrarlo. Y solo al final, los que pueden representarlo.
La transición venezolana se traduce en mantener en pie al Estado, contener la violencia y administrar el vacío de poder. La democracia no empieza cuando cae el régimen, sino cuando alguien logra evitar que el país colapse mientras ese régimen cae.
La historia, como siempre, no empieza donde uno quiere, sino donde la correlación real de poder lo permite.
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