Los colombianos no hemos caído en la cuenta de lo que nos corre pierna arriba con la producción nacional.
El Gobierno, por andar buscando amigos en el resto del mundo, que después nos dejan solos cuando necesitamos de su solidaridad, ha ido acabando con la agroindustria en nuestro país para cumplir con pactos comerciales con otras naciones, situación aprovechada por inversionistas que se han dedicado a importar productos más baratos y de dudosa calidad. Por eso se dice que la Andi ya no es de industriales sino de importadores.
En Colombia el índice de importaciones es mucho más elevado que el de las exportaciones, lo que quiere decir que los colombianos nos alimentamos no con nuestros productos sino con los que vienen de otros países, tales como el maíz, la lenteja, el fríjol, el azúcar, el aceite, por mencionar algunos, que anteriormente se cosechaban en nuestros campos pero ya no, lo que significa desempleo y desplazamiento, pues nuestros campesinos prefieren ir a vivir a las ciudades, porque no tienen incentivos, les incumplen promesas, el crédito es restringido y los impuestos los asfixian. Se sabe que los países más industrializados o desarrollados son los que menos protegen las normas técnicas y fitosanitarias de los productos que nos envían.
En cambio, a Colombia le ponen barreras técnicas, con costos elevados en la logística y trámites. Así no funciona normalmente un comercio exterior.
Acá llegan toneladas de azúcar de Ecuador, Perú y Bolivia, cuyos productores no pagan impuestos en sus países, lo que no sucede en Colombia, y así es muy complicado competir internacionalmente. Se le hace un grave daño social al país, donde la politiquería se impone al bienestar de la patria.
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