Hay un tipo de bolsas plásticas que tienen en su boca un cierre hermético. Son de esos artículos modernos que me parecen increíbles y súper funcionales; bueno, de hecho la palabra moderno no aplica ya que el sistema Ziploc -como se le conoce- viene patentado desde los años sesenta.
En fin, este particular sistema de cierre hermético suele usarse para el empacar alimentos refrigerados como jamones y quesos con el objetivo de que una vez se extraiga la porción deseada se vuelva a cerrar su empaque de manera hermética conservándose así la frescura en su contenido.
Pero a veces abrir este tipo de empaques por primera vez es harto difícil, y más aún si el esfuerzo viene acompañado por un antojo inmediato.
Me pasó así hace unos días al tratar de abrir una de estas chuspas para sacar una bendita lonja de jamón. Por más que tiraba de ella no la abría y la salivación que experimentaba por no satisfacer mi antojo era torturante.
Duré un par de minutos tratando de abrir el bendito sellamiento hasta que mi hija de diez años, que también esperaba por una lonja de jamón, me pidió que le diera la bolsa. Con esa seguridad y soberbia que solemos tener los adultos le entregué la bolsa y riéndome le dije: “A ver pues, abrila”.
Ella sujetó con una de sus manos la bolsa y con la otra sacó una tijera del cajón donde se guardan los cubiertos. Y ante mi asombro cortó la bolsa, sacó una lonja de jamón que me brindó, sacó una para ella y me devolvió la bolsa.
“Fácil papá”, dijo mientras regresaba a su cuarto para seguir jugando Nintendo.
Esa tarde comprendí porque Alejandro Magno conquistó toda Asia después de cortar con su espada y de un solo tajo el famoso Nudo Gordiano, un nudo que era mítico y difícil de desamarrar.
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