El caso de James Rodríguez- Zidane, más que un novelón de rencores y revanchas, confirma que el fútbol globalizado es una empresa muy rentable. Ya no es el rito y religión con más fieles. Ni el espectáculo del juego limpio. Quienes por encima de su ideología alguna vez confesaron su pasión y escribieron loas a sus equipos, hoy seguramente se hubiesen abstenido de hacerlo destapadas las ollas podridas.
En otrora pensábamos que jugar futbol era la exhibición de un hobby que recuerdo al maestro de escuela Oscar Ramírez en los tiempos dorados del futbol profesional colombiano tramitando permisos en la Secretaría de Educación para poder jugar con su equipo en otras ciudades.
Años después que tomé un taxi me sorprendí cuando el motorista era el otrora famoso Gilberto Cuero. Hace meses también vi a Miguel Escobar reclamándole judicialmente una pensión de vejez a la escuadra que se acreditó varias estrellas.
Ellos no jugaron en equipos amateur, aunque fueran empresas sin globalización futbolera. Hoy, Falcao, Cuadrado y James, para los colombianos serán orgullo patrio, pero en el mercado internacional son avaluados en euros de idéntica manera que se venden y se compran empresas rentables en una bolsa de valores. Ahora el gran sueño de los futbolistas criollos es contar con la suerte de que llegue el momento de ser fichados para jugar en la Selección Colombia, la vitrina que les abriría las puertas para ganar en euros.
Algunos dirán que el 10 maduró viche y querrán narrar un novelón. Pero, James Rodríguez es una máquina que devaluó a 22.5 millones de euros.
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