La protesta egipcia desde el 30 de junio 2013 ha sido continua pero ha tenido dos etapas y unas subfases: del 30 de junio hasta el 3 de julio, etapa de manifestaciones masivas contra el presidente Morsi exigiéndole cambios, pidiendo un gobierno de unidad nacional, y la desislamización de la administración pública. Del 4 de julio hasta hoy, las multitudinarias protestas de los seguidores de Morsi, para que le retornen el cargo. Y la subfase de una confusión de mítines, unos en contra y otros a favor, en medio de la dubitación de los partidos políticos y la entronización del ejército.
Otro aspecto que puede tenerse en la cuenta para el análisis político es la erosión de la legitimidad. No basta ganar las elecciones y obtener la legitimidad para gobernar, hay que sostener esa legitimidad para gobernar, con el ejercicio adecuado del poder. La salida masiva y constante a las plazas públicas impugnando las omisiones o las medidas que lesionan a la población permiten medir la deslegitimación del gobierno, su desprestigio.
El islamismo está dividido, los islamistas salafistas son moderados y no pretenden tener un gobierno coránico. Los de la hermandad musulmana, con el partido Justicia y libertad, quieren una constitución bajo los parámetros de la Sharia: elementos religiosos. Los salafistas del partido Nur actuaron como progolpistas y ahora tratan de distanciarse, vetaron al premio Nobel Al Baradei, pero aprueban una hoja de ruta con elecciones a seis meses y el decreto autoritario del presidente transitorio Mansur.
Lo grave en Egipto es que el golpe del 3 de julio rompió el proceso de construcción institucional ganado con la caída de Mubarack. Y el hostigamiento contra los islamistas resalta una intolerancia con este populoso sector de la población al que se le cierran las puertas para que gobierne.
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