Inercia colombiana

Rodrigo Fernández Chois

Cada mañana, cuando los primeros rayos del sol rasgan la oscuridad, nuestro país despierta e inicia su andar.

Observo como miles de individuos dan comienzo a una dinámica que se repite día tras día, y deduzco que algo igual ocurre de ciudad en ciudad a lo largo y ancho de nuestra geografía nacional. Una maravillosa inercia que no conoce retrocesos porque las manecillas del reloj jamás dan marcha atrás.

No importa cuál sea el escándalo nacional de turno: Reficar, el cartel de la toga o el robo del plebiscito; él o ella, colombianos corrientes y ajenos al mundo noticioso, emprenden su faena diaria llenos de optimismo y con la fe ciega de poder conquistar un mejor mañana para sus familias.

Sin embargo, oyen y se persignan cuando los grandes males naturales y artificiales hacen mella en otras latitudes. Terremotos, tornados y tsunamis por un lado; guerras y absurdos accidentes debido a fallas humanas por otro, han golpeado y hecho doblar rodillas a congéneres en todo el planeta.

Pero en nuestro país, lo saben, padecemos de otro gran mal con nombre propio: la corrupción política. Un mal que es mucho peor que la explosión de una gran bomba, el sacudón de un terremoto o un desastre como el de Chernóbil. Pero no obstante esta maldición, los colombianos siguen avanzando, creando y construyendo su senda de desarrollo.

Es gracias a este empuje que nuestra economía no para y es gracias a ellos, solo a ellos, que existimos como nación. Es la inercia colombiana la que nos ha permitido y nos permitirá impedir que la nefasta corrupción política destruya nuestro futuro y bienestar.

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