De entrar el ELN al proceso de paz de manera formal, llegaría en un momento avanzado del diálogo con las Farc que condujo inevitablemente a una etapa de desescalamiento, so pena de desbarajustarse, y llegarían al final de esas conversaciones.
Les tocaría “empezar al revés”, es decir, entrar en una etapa de desescalamiento implica adoptar la misma postura sin haber firmado ningún tipo de acuerdos y acoplarse a lo que la Nación está sintiendo; ello también movería al Gobierno a replantear el criterio de dialogar bajo el fuego y moverse hacia la tregua bilateral.
La llegada del ELN exigiría una agenda similar en aspectos temáticos que podría evacuarse más rápido si se acogen a lo pactado por extensión con las Farc, pudiéndose tratar los temas diferentes con mayor dedicación y tiempos precisos.
La celeridad para terminar el proceso con las Farc todos la deseamos, pero los ci-clos de conversaciones se han dilatado.
Vamos en el ciclo 32 y no se ha concluido lo atinente a la reparación de las víctimas y los aspectos que contendrá el fin del conflicto.
Los cálculos del Ministerio de Defensa sobre bajas en combate en los dos últimos años (8.350 guerrilleros) como ejercicio de muertología alientan a los guerreristas y desalientan a los que pueden ver en ello una treta para exhibir efectividad para disminuir a la contraparte y falta de voluntad para ceder en los cambios que requiere la construcción de una nueva sociedad que alcance el postconflcito para comenzar las reformas de inclusión social.
Las dos partes a la altura del año 2015 no necesitan más demostraciones de fuerza y poderío para ablandar una parte a la otra, ambos saben que tienen capacidad de ataque y destrucción.
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