Tiene razón el expresidente Álvaro Uribe al calificar como un sainete la pausa de las Farc y el retiro de los negociadores del Gobierno, ante el proyecto de presentar a referendo, sea en las elecciones parlamentarias o presidenciales, los acuerdos que se firmen en La Habana. La razón es que tanto los unos como los otros están jugando a emboscar a los colombianos, en medio de trucos y artimañas, para que a nombre de la paz se acepte la impunidad y se reelija al presidente Juan Manuel Santos. Lo acontecido en los últimos días, como marco del sainete de La Habana, con paros escalonados, desinstitucionalización permanente y una arremetida del terrorismo, que asesina a 13 soldados en sangrienta emboscada, demuestra que el camino hacia la paz se hace más lejano.
El recurso del referendo en las elecciones parlamentarias es una violación a la Constitución del 91, pues el legislador estableció que no se podían mezclar temas trascendentales con las reglas y las lógicas de las coyunturas electorales. La paz, y no el deseo de los pazólogos, no puede ser instrumentalizada como pretende el santismo para determinar los resultados de la coyuntura electoral. La diferencia entre los que no estamos de acuerdo con la forma en que se está convirtiendo a los terroristas en guerrilleros heroicos no puede conducir al estigma, fabricado desde el alto gobierno, de que quienes así pensamos somos enemigos de la paz.
El referendo santista apunta a que los términos del debate, la consulta plena y libre a los colombianos, queden reducidos a un golpe clientelista en las elecciones, reduciendo el mandato de fortalecer la democracia a una entrega de toda la institucionalidad a quienes hoy no representan la lógica de la guerra de guerrillas, si no el aparato militar y económico más sofisticado del mundo del narcotráfico.
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