Rodrigo F. Chois

Halloween

Recuerdo lo emocionante que era el Halloween cuando niño. Aguardaba la llegada de la noche para vestir el viejo disfraz de Superman que repetía año tras año.

Y al final de la noche, después de haber recorrido las calles de mi barrio; el obligatorio conteo y clasificación de dulces de los más sabrosos a los menos gustosos. Crecería y el Halloween se convertiría en otra cosa… Algo más para adultos.

Pero cuando llegaron mis dos hijas pude volver a cantar el triqui triqui, aunque sólo unos años hasta que se crecieron el par.

Este Halloween, gracias a Sebastián -el niño de mi pareja- pude volver a vivir la experiencia. Me disfracé, compré dulces para repartir y hasta involucré un viejo esqueleto de utilería para adornar la casa.

El chiquitín por estar un poco indispuesto tuvo que retirarse temprano. Pero yo estaba decidido a no perder mi Halloween.

Me instalé en una silla de plástico a la entrada de la casa con sendas bolsas de dulces. Los minutos pasaron y no escuchaba los tradicionales cantos. Concluí que no era igual a la época de mis hijas y mucho menos a cuando era yo el que cantaba disfrazado.

Iba a retirarme resignado cuando percibí una algarabía. Muchos jóvenes y pocos niños se aproximaron fascinados por el esqueleto y cantando la tradicional copla.

“Hey, pero ustedes no son tan niños”, dije riendo mientras les repartía todos mis dulces. “Legalmente todavía somos niños”, me contestó una ladina y maquillada lolita mientras sus amigas, iguales que ella, sonríen con picardía.

Los observo partir, entro a casa y me digo a mí mismo: “¡Como han cambiado los tiempos!”

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