No soy fan de los reinados, de las mujeres bellas sí, pero de los reinados jamás. Me incluyo en el variopinto conjunto que conforman aquellos sujetos que consideran estos certámenes como frívolos y no muy inteligentes.
Pero confieso que al darme cuenta el lunes –no vi la transmisión- de que nuestro país ganó la corona de Miss Universo, tuve una gran sonrisa.
Y es que si bien hoy a mis cuarenta y tantos no pierdo un solo minuto viendo estos eventos, sí que lo hacía en mis años mozos.
De hecho fui hasta jurado en uno no muy “normal”. Descubrí, volviendo al lunes, que guardaba desde hace varios años una gran frustración porque a nuestras soberanas siempre les “faltaban los cinco centavos” para ser las más bellas del planeta.
¡Y me había hecho a la idea de que nunca sería! La pregunta, entonces, es: ¿acaso este logro es tan importante como para garabatear unas cuantas líneas en este valioso espacio? No porque “habemus reina” voy a retirarme del grupo anti reinado que ya mencioné.
Pero reconozco el hecho de que al ganar el concurso de Miss Universo, que para muchos seudo intelectuales es “el paradigma” de la banalidad, sí se generan en nuestro país una serie de ímpetus y dinámicas que repercuten en las expectativas de como vemos los colombianos el futuro.
Los economistas sabemos que las expectativas son muy importantes y casi que determinan los hechos y resultados. El ejemplo es el hincha que va al estadio porque piensa que se va a llenar, y si todos los hinchas piensan igual el estadio se llena. Colombia ganó Miss Universo y los colombianos descubrimos que no hay “imposibles”; y que todo puede ser mejor.
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